11.13.2011

40. Sexo en Lima

En una ciudad como Lima, siempre tan conservadora, muchas personas se espantan al escuchar la palabra “sexo”.

Hoy mientras Pablo salía de una de esas farmacias con aspecto muy elegante de la Avenida Larco, escuchaba hablar a dos señoras, que paradas en una esquina hacían alargo de su buen vivir. Lo cierto es que él no sabía que hacían paradas en ese lugar, tal vez esperaban a alguien para poder entrar al lujoso café de algunos pasos más allá. Pablo estuvo casi obligado a quedarse ahí porque los carros no dejaban de pasar.


Mientras tanto, en la otra acera, una de las parejitas de siempre en Miraflores, andaba agarrados de la mano. Las dos señoras espantadas vieron la escena, una le dijo a la otra:

-       ¡qué horror! Mira al frente…

-       Sí, qué horror, esa gente ¡muere sola!

Las dos mujeres se referencian a una pareja de gays que caminaba sin reparo en plena avenida Larco. Pablo  las miró, los miré, sonrió y pensó lo estúpidos que eran los cuatro antes mencionados; las dos primeras porque nadie hace una ceremonia esperando el día de tu muerte, simplemente te mueres y esto suele ser con o sin personas, normalmente es con una enfermera o con un doctor al lado, a quien no conoces y sólo están ahí porque necesitan el salario del mes; con los segundos porque es muy tonto tener una pareja, al menos que sea una sexual, en una ciudad como Lima, sin que nadie te saque los cuernos, así que las infantiles agarradas de manos en público sólo sirven de comidilla de viejas cucufatas, tal vez lesbianas, de una acera de al frente.

Terminaron de pasar los carros, Pablo volvió a mirar a las señoras con clase, ellas lo miraron también tal vez  esperando que Pablo le dé su opinión ante tan escandalosa escena, entonces Pablo sacude la cabeza, como afirmandola, abre su mochila, saca un condón y se los da a las señoras. Esa misma noche Pablo iba a repartir condones en una calle miraflorina porque se había inscrito para ser voluntario de salud.



Las señoras se quedaron entre extrañadas, espantadas e incómodas con lo sucedido y con la presencia de Pablo, así que cruzó hacia la otra acera y como si fuera el único en toda la calle, caminó por la avenida que lo había visto crecer y le pareció tan estúpido y loco lo que había hecho que comenzó a sonreír.

Comenzó a sentir que mucha gente pasaba al costado suyo, sentía los buses, los taxis y todo el transporte que suele recorrer a las cinco de la tarde aquella avenida, a pesar de los prejuicios y locuras de la gente en la ciudad en la que está obligado a pasar sus días, se sentía vivo. Luego de un rato, volteó para ver si las mujeres seguían ahí, pero estas se habían marchado.



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