3.25.2012

59. Extremos - ¿sueño o realidad?

Ayer en la noche.

-       Iré al baño – dije con muchos tragos de más.
-       ¡Pablo! Ya volvemos – dijeron dos compañeras de trabajo con quien estaba haciendo cocktails para una de más fiestas más grandes que se realizaron en Colorado.

Luego de unos minutos de hacer lo que tenía que hacer en el baño, salí y mis compañeras de trabajo no estaban, sólo un joven desconocido que me ofreció un trago, minutos después…

-       Voy a besarte -  me dijo el joven desconocido.
-       ¿Qué me has dado? está fuertísimo – respondí mientras hacía lo suyo.

El joven desconocido me besó y me comenzó a tocar, para mi buena suerte Angélica Ramírez, una linda mexicana que residía en Perú y que era la dueña de la fiesta toco la puerta y me salvó. Luego de ese incidente mi noción del tiempo y espacio se desvanecieron por completo.

Nunca antes en mi vida había experimentado una sensación de extremo tan riesgosa como esa, la pregunta aún persiste en mi cabeza ¿los extremos son algo que una persona necesita para superar sus miedos o es algo que sólo te mete en problemas?
Según mi teoría sobre las edades los veintes son para divertirse, los treintas para aprender de los errores y los cuarenta para pagar las cuentas. Si es así ¿Por qué me siento culpable de lo que sucedió aquella noche?
Lo cierto es que me embriagué a un punto, en que si bien puedo recordar la mayoría de las cosas, hasta ahora sigo tratando de separar lo que sí fue realidad sobre lo que fue un sueño, aunque me espanta el hecho de que todo haya sido realidad.

La noche comienza cuando regreso de trabajar, todo el camino a mi casa estuve buscando ideas para salir al mundo y dejar esta timidez absoluta de un lado, aunque ahora creo que se me ha pasado la mano. Llegué a mi casa y encontré a Franco, se había comprado ropa nueva para uno de los eventos más importantes del condado, el cumpleaños de Angélica Ramírez, una mujer tan conocida que inclusive los directores de la corporación de donde trabajo habían asistido, lo cierto es que en un pueblo con menos de diez mil personas es fácil ser muy popular. A mí este evento se me había olvidado por completo y no porque no apreciara a Angélica, dado que ella siempre me ofreció su amistad incondicional, a pesar que de mi solo recibió timidez y poca charla. Yo siempre me pregunté el interés ¿le gustaré?

-       ¿Iras a la fiesta? – preguntó Franco mientras se veía en el espejo.
-       Tal vez… bueno la verdad sí iré, tengo que ir… tu sabes ella se puede molestar, además es su cumpleaños – respondí.
-       Tienes que ir, todos irán.
-       Sí, esa mujer conoce a todo el mundo. Aunque no estoy de mucho humor para fiestas ahora, creo que le llevaré su regalo y me iré a dormir – respondí sonriente.
-       ¿sabes qué? No te creo, pero igual, te veo ahí  - dijo Franco y se fue.

Luego de que se fue, me cambié y salí. Me espantaba la idea de tener que ir  solo a la fiesta, dado que todos estaban con alguien en especial, pero cuando justo salgo a la puerta del loft en donde vivo, encontré a Raíza Suarez, una de las tantas compañeras de trabajo que creo que me aprecia. Antes de que hablara le pregunté si iría a la fiesta y es que era obvio los cuatro edificios del condominio estaban invitados, así que fui con ella y un brasilero con quien ella salía. En el camino yo no paraba de hablar, dado que estaba algo emocionado, yo caminaba delante de ellos dos, llegamos, pero antes de entrar sentía que hablaba solo, cuando volteo, los veo apoyados a los dos en una de las barandas de los jardines que estaban cubiertos por la nieve, estaban besándose, así que no me quedó de otra que entrar solo con el miedo de que me tengan pena,  abro la puerta y encuentro a todo el grupo de chilenos, amigos de Franco y a él apoyados en una de las columnas del lugar.

-       ¡Pablo! – exclamo Julio Salvatierra, un chileno algo subido de peso quien siempre se embriaga antes de que comenzara cualquier evento.
-       Hola ¿cómo están? – dije forzadamente.
-       Hola Pablo -  dijo Alberto mientras veía mi fabulosa vestimenta que compré para la ocasión y que secretamente había ocultado en mi closet.

Sólo atine a sonreír y entré. Encontré a Angélica la abrace y le di el vino que le había comprado.

-       Estás fabulosa – exclamé.
-       ¿estoy bonita? – preguntó.
-       Sí, no te reconocí – dije, aunque sentí que esa frase es como decirle a alguien que nunca lo estaba.

La música comenzó a sonar y no me quedó de otra que pararme en uno de los muros, mientras tomaba mi primera copa de la noche. Miraba a todos lados y sin querer la terminé, no me sentía ebrio así que procedí a tomar la segunda, para ello ya había mucha gente en el lugar y sin querer estaba dentro de un grupo muy divertido con quien antes ya había salido y con quienes había pasado la navidad. El tiempo fue una ilusión, las luces y la música giraban en mi cabeza como la nieve que gira antes de caer al suelo para convertirse en copos. Recuerdo verme hablando con americanos por un buen momento y que para ello, en mis venas, ya había penetrado el suficiente licor como para llenar seis copas de Cosmopolitan.
Luego de la conversación del americano con el fabuloso sombrero negro. Estaba oficialmente fuera de mis casillas. Normalmente alguien como yo con dos compas y media está oficialmente ebrio, esa noche superé las doce, eso hizo que pierda la noción del tiempo, además de mis llaves. Al no poder entrar a mi cuarto, esto me impulsó a tener que esperar a la llegada de Franco y a tener que estar pendiente de él, aunque en la realidad no llegara a pasar de esta manera tan cuadriculada.

Recuerdo verme caminando por los cuatro edificios, buscando no sé qué, recuerdo haber entrado a un cuarto de un compañero de trabajo, quien estaba con su compañero de piso, los invitaba a la fiesta, minutos después los vi en ella. Recuerdo que estaba en otro edificio, había entrado al cuarto de un americano que había estado en la fiesta y me quedé con él, solamente nos mirábamos, sin ninguna palabra, luego tomé la decisión de tocarle el bulto y como no hubo ninguna reacción de la otra parte, me fui, en efecto él estaba drogado.

Cuando bajé, la fiesta se había convertido en un bacanal. Para esto ya no eran doce las copas que había tomado sino veinte y con una más en la mano por penetrar en mi cerebro. En ese momento encuentro a mi supervisora, Emma Dickens, a quien en un momento de la noche le había regalado un vodka por sólo dios sabe qué, cuando la volví a ver sólo atine en regalarle la lata de cerveza que había guardado en un momento para ella.

Me senté en uno de los grupos, el más pequeño, que estaba conformado por dos compañeras de trabajo y joven desconocido, que hasta ahora trato de recordar su rostro. Angélica nos encargó en preparar tres jarras más de tragos para la siguiente hora, así que entramos a uno de los depósitos y ahí mismo comenzamos a conversar y a tomar aún más, no recuerdo con exactitud qué cosa conversamos hasta que decidí entrar al baño, estuve algunos minutos ahí metido haciendo lo que se hace cuando uno toma demasiado y luego salí de nuevo hacia el depósito, pero ya no estaban mis dos compañeras sino sólo el joven desconocido, nos miramos y este me ofrece una copa de vodka puro, después de eso, sólo tengo la imagen de él besándome y tocándome, la realidad era que no me gustaba mucho, pero ese momento de desenfreno creo que marcó mi noche y el inicio de un cambio totalmente radical en mi todo mi viaje. Tocaron la puerta, era Angélica, le dije que iría a mi cuarto, ella me acompañó y justo suena una música muy conocida entre la colonia latina en este país, así que antes de ir a mi cuarto nos pusimos a bailar, en la pista de baile, ella me confiesa algo que hasta ahora trato de asimilar. Siempre la vi como una mujer algo alocada y desenfrenada, además de vestirse muy bien, siempre pensé que su amabilidad conmigo y sus deseos de querer conocerme eran básicamente porque le gustaba, sin embargo, esa noche cambió mi manera de pensar.

-       Quisiera ser un pez para tocar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor por donde quieras… pasar la noche en vela mojado en ti… - cantaba Angélica.
-       Un pez… para bordar de corales tu cintura y hacer siluetas de amor bajo la luna… zacear esta locura, mojado en ti… - cantaba desenfrenadamente.
-       En tu caso un pez macho, no te preocupes Pablo, porque en mi caso es un pez hembra…-dijo Angélica.

Me quedé impactado, nunca pensé que aquella mujer de la que hablaban que había estado con tantos hombres y era desenfrenada o loca, me confesaba uno de sus más grandes secretos. Sólo atiné a cargarla y darle muchísimas vueltas, no sé si estaba feliz, no sé si estaba emocionado, dado que esa fue la primera vez desde que llegué a Colorado que mi alma estaba tranquila y acompañada con alguien, sentí que no estaba solo, sentí que alguien también sentía como yo y eso hacía que lo que quedaba del viaje iba a ser más entretenido. La abrace e iba a besarla, pero pensé que la magia iba a terminarse, es decir, no es que ella me atrajera, pero sentí que podía ser una manera de agradecerle aquel momento de comprensión.

Varios minutos después, no fui a mi cuarto, sino estaba en otro grupo encerrado en una habitación y jugábamos a “gira la botella”, es decir alguien giraba una botella vacía y tenían que besarse con quien señalaba el pico. Heteros, bis, gay, gay encubiertos, lesbianas, etc. Esa reunión privada era un sancochado de  orientaciones sexuales. Debido a mi estado decidí quedarme y jugar, veía como todos se besaban entre todos, las salivas corrían de un lado a otro y lo cierto es que con o sin trago encima podía darme cuenta de lo que pasaba. Hasta que el pico me escogió a mí, pude reconocerlo, era Alberto, lo cierto es que ni siquiera podía creer que él haya estado ahí, lo cierto es que él estaba ebrio también, pero no sé si tanto como yo. Tal vez estaba ahí para probar algo distinto o tal vez estaba ahí para probar que era mucho más joven y de mente abierta. Lo cierto es que no quería besarlo, por lo menos no en esas condiciones, si tenía que besarlo por algún motivo quería que ese no tenga que ser un juego. Recuerdo que hubo una peruana que salió de la habitación, dado que el juego le pareció chocante, cuando esta salió todos comentaban el poco mundo que ella tenía ¿iba a ser el segundo?

-       ¡Ups! Es hombre hay que girarla de nuevo – dije.
-       Está bien, puedo hacerlo – dijo Alberto, claro que él sí podía hacerlo estábamos en la Confundida Isla de la gente con diversas orientaciones sexuales

Tenía dos opciones podía pararme y salir de la habitación, con ello demostraría que era un viejo o peruano tercermundista que no se abre a las nuevas ideas y al mundo o podía quedarme y probar realmente que se siente salir al mundo como todos los que estaban sentados ahí y así fue, fue despacio y ni siquiera moví mis labios por completo. No fue tan malo, ya he besado a hombres antes, podría probar de nuevo.

-       Pablo ¿a donde vas? – preguntó Alberto, después del beso.
-       Voy a traer más cigarrillos, ya regreso – respondí.

Esa fue la última vez que vi a Alberto en la noche, me di cuenta que podía hacer todo lo que yo quería, pero este asunto de salir al mundo completamente… ya estaba muy viejo para jugar ese juego. Entonces saqué mi gran y viejo trasero de esa habitación y decidí salir al mundo, pero a mí manera, una manera que me hace feliz y que no me obliga a hacer algo para demostrar cosas sin sentido. Sólo yo, sin nadie con quien compartirlas, al menos no en ese momento, pero a mí manera al fin y al cabo. ¿Sueño o realidad? Esa es la pregunta que aún sigue rondando mi mente.


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