7.08.2012

76. Un miraflorino en Nueva York (Parte I)

Fue un día de  Mayo que aquella ciudad vio nacer a un niño algo diferente y más complicado que los demás, que de adolescente se lanzó al mundo del internet a hacerse preguntas sobre ¿qué era la felicidad?, ¿llegaré a encontrar el amor?, ¿por qué me siento solo?

Preguntas tontas sin duda, pero muy importantes para ser contestadas a alguien que siempre se sintió muy diferente a los demás, esa misma persona, creció con sus publicaciones en un blog y con una historia que nunca quiso dejar, aquella que contaba sobre un chico que nunca iba a amar y no estaba dispuesto a hacerlo, y otro que necesitaba ser amado. Completamente discordante y completamente incompatible, sobre todo cuando el primero le decía al segundo que lo amaba y que nunca lo iba a dejar de hacer ¿mentira? Posiblemente, pasaron los años y la realidad comenzó a transformarse en ficción, en un sueño perpetuo que consumía sus días y que era alimentado con hechos del día a día algunos ficticios, otros reales. Sin embargo, aquel adolescente y como todas las personas en el mundo, crecen, maduran y dejan que las espinas del alma caigan, así como las serpientes dejan caer sus pieles para cambiarla. El segundo personaje, cambió el dolor y los sueños por algo real, porque lamentablemente este mundo no está hecho para soñadores y posiblemente nunca lo esté.

Inició su vida con lo que tenía a la mano y con que lo se sentía mejor todos los días, sus amigos. Columna vertebral y buena hierba de su caminar. Todo esto en un mismo epicentro, Miraflores, la silenciosa testigo de sus mil y un historias de amor y amistad, que permitió que conociera a tantos y tantas.

Aquellas letras, desde el inicio hasta el fin y con cortes interminables del celular que llamaban y cortaban de un número desconocido, pude escribir esas cortas líneas en el taxi que me trasladaba hacia el aeropuerto de Lima. Ya habían pasado algunos días desde que mis amigos y yo conversamos de mi pronta partida y sin duda, algunos especialmente Jerly no quedaron conformes con la misma.

-          Siento que huyes y la verdad, no creo que encuentres allá lo mismo que tendrás acá, nunca – dijo enérgicamente Jerly.
-          Posiblemente, pero tengo que buscar mi destino y aunque me cueste aceptarlo, no creo que esté acá – respondí.
-          Pablo, Edgardo y yo apoyamos tu decisión, cuenta con nosotros en todo momento, siempre tendrás a los miembros de tu familia reunidos para ti, te quiero mucho – dijo Guillermo.
-          Yo también – dijo Jerly. Edgardo lo siguió, la primera mesa que está al lado del DJ en Lola Bar, un conocido lounge en Miraflores, la había invadido un cuarteto de viajas lloronas.

Aquella noche, todos fuimos a dormir en la casa de Jerly como era costumbre. Por mi parte, sabía que era el fin, el fin de un joven que salía por las calles miraflorinas empapadas de risas, que gritaba a los cuatro vientos que era feliz sin el molesto cliché de tener una pareja. Sin embargo, la vida corre y la necesidad de tener a alguien que esté pendiente de ti en todo momento, sentir en el pecho aquello tan indescriptible cuando suelta palabras de aliento o cariño, sentir que eres importante o sentir que con solo una mirada desaparece el mundo y no existe un horario ni el reloj.

El taxi llegó al aeropuerto, era la hora. Seguramente mis amigos ya habían leído las tres cartas que escribí para cada uno de ellos y Miraflores con su brisa mañanera se había despedido de mí en la madrugada. El teléfono no paraba de sonar y de colgar, de aquel número desconocido que desde hace varios días me había estado molestando. Embarqué, di mi número de vuelo, mostré el pasaporte, se llevaron mis maletas.

-          Disculpe señor ¿rumbo hacia dónde va? – dijo la representante con ese hermoso prendedor dorado en su pecho.
-          A Nueva York – respondí.
-          Listo, por favor diríjase al segundo piso para vuelos internacionales, el número de embarque está en su ticket.

Eran las seis de la madrugada, invierno y recién el cielo se aclaraba, voltee hacia atrás para ver si alguien estaba en la puerta, seguramente algún antiguo amor. No había nadie. Tal vez mis sueños, esos largos sueños de joven universitario, de antes de irme a dormir, nunca se iban a hacer realidad.

Cogí mi maleta de mano y vestido de pies a cabeza de Calvin Klein, subí las escaleras eléctricas hacia migraciones, antes de entrar a vuelos internacionales, decidí comprar un polo peruano y una vicuña de peluche, tanto había renegado de mi patria y ya la comenzaba a extrañar sin ni siqueira haber llegado. Cuando terminé de comprar, volví a ver mi celular con un mensaje “¿Dónde estás?”, no podía ver el número.

Subo la cabeza y con ticket en mano, a cuarenta minutos de mi vuelo, ahí estaba. Mirándome y parado de la misma forma, apoyado en una pared al lado de la gran puerta para vuelos internacionales, como la primera vez que lo vi, antes de entrar a un cine, del que nunca fuimos y terminamos agarrando en un solitario puente en Miraflores y del que tal vez me arrepiento ir, porque quizás si no lo hubiera llevado ahí para agarrar, me hubiera tomado en serio desde el primer momento. Era MAIN.


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