11.11.2012

85. Condición crítica

En una ciudad como Lima donde existen cientos de bares, discos, lounges, restaurantes, en fin, una gran cantidad de lugares a donde ir mi mejor amigo Jerly no tuvo otra genial idea que ir a Café Central un modesto, pero lindo café situado en donde hoy es Epicentro, con la única intención de volver a ver a un desconocido joven de anteojos que identificó varias semanas atrás y del que se enamoró sin más, yo acepté. Digamos que la pasé relativamente bien, hasta que fui al baño.
-          ¿Ya viste quién está acá?  - preguntaba un relativamente joven y barbudo ser humano de cabellos pintados.
-          Sí, el que trae a sus puntos a Epicentro - respondió Milán.
-          Ahora ha traído a uno nuevo, aunque creo que con este hacen tortilla – replicó el anterior, luego de lanzar una estruendosa carcajada, lo decía por Jerly.
No había que ser un genio para saber que estaban hablando de mí. Así que sin más salí del baño, dado que había escuchado sin querer esa conversación detrás de la puerta, no había que tener súper poderes para poder escuchar sus voces dicho sea de paso. Fue entonces que miré al de cabello pintados y fue en ese preciso momento que “me pone la cara”.
-          ¿Pablo? – pregunta el de cabellos pintados, cuyo nombre era Cesar, un nombre simple, nada del otro mundo.
-          Hola César – respondí.
-          ¿Alguien nuevo? – pregunta y acto seguido “me pone la cara”, es decir hace una mueca con la boca y agranda los ojos como sandias que destilaban horror, asco o desprecio.
Luego se va y yo me quedo confundido.
-          De repente no fue una mala cara, fue un tic nervioso todos los tenemos ¿un espasmo? – dijo ingenuamente Guillermo, luego de llegar tarde, como siempre.
-          No, Guillermo. Fue una gran y despiadada mueca y lo cierto es que no sé porqué me molesta tanto – respondí.
-          Pablo, ya basta. Si me preocupara de todo lo que dicen las locas que rondan esta ciudad de mí, hace tiempo ya me hubiera ido del país – dijo Jerly.
Era verdad, esa misma noche, echado en mi cama me puse a pensar al respecto, es decir en las citas que había tenido hasta el momento y tal vez en la exposición que había hecho de estos mismos en algunos grupos sociales y como el tema era exposición llamé a Jerly.
-          ¿Jerly?
-          Pablo, estoy ocupado.
-          Necesito preguntarte algo es urgente
-          Dímelo rápido… que hay un hombre esperando
-          ¿Jerly?...
-          ¡Pregunta rápido!
-          Bueno lo que pasa es que creo que el problema con Cesar es que piensa que me expongo mucho.
-          Pablo no me jodas ¿sigues con eso?… mira, yo creo que él piensa que descartas a los hombres muy fácil o rápidamente.
-          ¡dios mío! ¡Sí puede ser! ¿es verdad, lo hago?
-          No puede ser, lo es; mira Pablo tu eres libre de hacer lo que quieras es tu cuerpo, es tu tiempo y por último es tu vida. Nadie tiene derecho a juzgarte sin antes conocerte. Ahora déjame en paz que quiero tirar.
-          Ok. Nos vemos. Gracias.
Pues quizás era verdad y es que me había colocado, al exponer a mis citas, en bandeja cuando los llevaba a Epicentro, me ponía en una situación vulnerable a los comentarios o rajes que normalmente se hacen efectivos entre la gente que no tiene Visio ni beneficio.
Esa misma semana se estaba organizando la fiesta de aniversario de Epicentro, días antes me encuentro con Guillermo en el mismo café “Café Central”.
-          ¿Guillermo? ¿Qué vas a pedir? – pregunté.
-          Un jugo y una empanada, no se ven mal.
-          Yo quiero un jugo, no más empanadas en este lugar por el momento – respondí.
-          Acompáñame al patio un rato – solicitó Guillermo, quería fumar.
Fue entonces que lo volví a ver una vez más cara a cara con el chico de la cara junto a un desconocido, riéndose de no sé qué cosa.
-          Hola Pablo – saludó.
-          Hola…  - respondí.
-          ¿Conoces a Gustavo?
-          No, no… Hola
-          Te lo presento, bueno Pablo tengo que salir, nos estamos viendo, cuídate siempre – dijo y salió del café
-          ¿Cómo así conoces a César? - Preguntó Guillermo.
-          No ¿cómo tú conoces a Cesar? – pregunté.
-          ¡no! ¿él es el chico de la cara?
-          Exactamente.
-          Solamente te digo que a Cesar le gusta hablar…
-          Gracias Guillermo, me haces sentir mejor con esa información – respondí irónicamente.
La situación se puso más compleja cuando recibí un mensaje de Julián, el último chico con quien estaba saliendo. Él me contó que se había enterado por alguna fuente epicéntrica que había estado saliendo con Milán y a la par con otros chicos, que no me tomaba las cosas muy en serio y que llevaba todos los fines de semanas a nuevos chicos a Epicentro. Sin duda, una mala imagen de mí.
Lo cierto es que no me gusta, ni me gustó, ni me gustará Milán para pareja, solamente me gusta como amigo porque no es mi tipo, con respecto a que no busco nada serio, la verdad no sé lo que busco, lo único que sé es que las cosas del amor te sorprenden y con respecto a que si llevo a chicos nuevos o no cada semana, pues sí llevé a dos, uno fue Stanley y el otro Julián, eran mis citas. En diferentes fechas, en diferentes situaciones, en diferentes contextos. Con ninguno pasó nada más que una linda amistad y tal vez en eso quede. Intenté y listo ¿por qué entonces me molesta tanto el chico, pelos pintados, de la cara? ¿acaso se ha vuelto tan importante para nosotros lo que piensan de nosotros? ¿nosotros mismos escribimos nuestros velorios o difamaciones?
La respuesta la encontré en la fiesta por aniversario de Epicentro.
Continuará.
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