4.05.2015

130. Madurar es Barato



Cuando uno es niño, es inevitable imaginar cómo será nuestra vida en algunos años, en ese proceso algunos creamos realidad fantasiosas, llena de aventuras, drama y quizás acompañados con el chico o amor platónico. Cuando llegamos a la adolescencia todo este castillo de naipes  sale de las nubes y día soleado maravilloso, para chocar contra el suelo, mostrarnos la realidad, para algunos este proceso es más complicado que el de otros y para otros este proceso nunca acaba, siguen viviendo en un sueño, en las nubes, con un día soleado maravilloso y lo mejor es que siempre siguen como niños, creyendo en su inocencia de fantasía, sin esperar en algún momento conocer la realidad para chocarse con el suelo y destruir su castillo de naipes. Sin embargo, los adolescentes que logran salir de este escenario, la gran mayoría, conocen otro mundo y los beneficios del mismo, algunos con mucho miedo del riesgo en caer sobre alguna consecuencia negativa y otros simplemente dejan fluir sus instintos para vivir el momento. Cuando llegamos a ser jóvenes ya conocemos y hemos pasado por momentos en la vida suficientes para andar solos y arriesgarnos, el miedo disminuye y las estrategias cambian, nos sentimos independientes y seguros de tomar la decisión correcta, a pesar que a simple vista algunas decisiones son equivocadas. Lo cierto es que todo es un constante de aprendizaje, no hay manual y no hay guía, ni siquiera la experiencia de otros nos sirven a veces para poder saber qué decisión es la correcta.

Semana Santa, no había planeado nada, el trabajo y los estudios habían copado todo mi tiempo y mis energías. El gimnasio estaba congelado y los Marlboro Lights habían vuelto de nuevo por mis labios. Salí temprano de mi trabajo, miércoles, ese día no la pase muy bonito. Regresaba a mi casa con todas las intenciones de ir a dormir, pero una llamada me conectó, era un número desconocido así que pensé que serían uno de esos Call Center que te llaman con la única intención de venderte una tarjeta de crédito, como recién había salido y la caminata iba a ser larga, la tomé.

- Pablo ¿Cómo estas? a los años...
- Disculpa ¿con quién hablo?...
- ¿Ya no te acuerdas de mi? no pensé que mi voz había cambiado... soy Jack
- ¿Jack?
- Jack, la última vez que salimos fuimos por unos tragos con mi novio y te presenté a un amigo, la cosa es que ya terminé con él, ahora estoy viviendo con Eduardo ¿te acuerdas?
- Claro Jack... wow hace mucho... - lo cierto es que en ese momento, aún no estaba seguro de si era la persona que creía.
- ¿Por donde andas ahora?
- En San Isidro...
- ¡Pablo, yo también! estamos tomando unos tragos en el Westin ¡ven, te quiero presentar a un amigo! - desde que mencionó a hotel y a amigos, de inmediato lo relacioné, era Jack Terrones, un viejo amigo al que le gustaba hablar mucho, la buena vida y los "buenos chicos".

Bajo otras circunstancias me hubiera negado, Guillermo siempre me decía que Jack era uno de esos chicos que tienen mucha suerte y terminan saliendo con gente de mucho dinero y poder. Lo cierto es que dejé de frecuentar a Jack porque no podía costear su estilo de vida, además siempre me daba mucha pena que él o sus novios pusieran todo. Sin embargo, no tenía planes, estaba aburrido y acababa de pelear con mi jefa ¿qué tenía que perder?, de todos modos ya había encendido un Marlboro y necesitaba hacer un alto para fumar en paz.

En el hotel, Jack, como siempre, con una risa enorme en su cara, me abrazó y enseguida me presentó a su novio y al amigo de su novio, habían llegado a Lima por la temporada, eran franceses, llegaron acá para ver de paso si colocaban unos negocios, huyendo un poco de la crisis que ha sumergido a Europa, no sé si lo del negocio fue verdad, pero al menos aparentaban. Jack y Maurice se conocieron, como hace cualquier gay que quiere conocer a un extranjero, por internet. Llevaban hablando durante meses, en teoría sus intenciones eran quedarse, pero como él mismo dijo "solo la suerte, lo dirá", con aquel acento francés tan romántico y cautivador. La conversación fluyó y terminamos en una tienda de ropa, la verdad es que no debí decir que no estaba vestido para la ocasión porque Jack y Evans, mi acompañante de la noche, de enseguida decidieron llevarme para que me cambiara. Los tragos los continuamos en Barranco. Con aquella luna que iluminaba la noche, las calles empedradas, el puente que cruza la alameda, los faroles que encandecían las calles, un Marlboro en mis manos y un francés que me susurraba en el odio, un acento que exprimía el cerebro de cualquier cínico del amor, solo necesité unos minutos para poder enamorarme y entregar mi corazón, lo entregué y amé, amé el dulzor del cosmopolitan y el aroma a madera del tabaco. 

Las horas pasaron, las risas, las miradas, los tragos se acababan, el viento corría sobre mi rostro, al parecer era la hora de despedirnos, yo no me quería ir, me quería quedar ahí, me quería quedar con él. Sin embargo, el tiempo es cruel y no perdona.

- Pablo, me gustaría poder volver a verte, eres encantador - él decía, mientras yo imaginaba la escena en una pantalla a blanco y negro.
- Veámonos entonces.
- Mañana salgamos, vamos al sur, no te preocupes por todo, yo estaré contigo.

Definitivamente acepté y horas después estaba en un carro rumbo al sur, hablando en francés y fumando compulsivamente como cualquier parisino en angustia. La tarde en la piscina, el sunset en la playa, la primera noche juntos.

- No quiero que pienses que hago esto con personas que no conozco bien - dije tratando de aparentar cinismo e ingenuidad, después de todo, ya habíamos salido dos veces.
- Eso veo - dijo y me besó.

Nunca la había pasado tan bien en mi vida, definitivamente me estaba enamorando, definitivamente estaba siendo y pensando estupideces, pero era semana santa, era mi castillo de naipes, era mi sueño de la niñez, haciéndose realidad. Fue un fin de semana increíble, nos regresaríamos el viernes, porque el sábado era el cumpleaños de mi mejor amigo, Jerly. No podía fallarle. Aquella noche hicimos el amor, me entregue en cuerpo, alma, espíritu, religión e idioma. A la mañana siguiente, desperté desnudo, él estaba cambiado y sus cosas ya no estaban, le pregunté a dónde se iba. Me dijo que tenía una emergencia y que adelantó su vuelo a Francia, que le habían dicho que la panamericana sur se congestiona y pues lo informaron bien. Había dejado pagado mi taxi de regreso y un desayuno en el cuarto.

- Han sido unos días increíbles contigo, te voy a llamar cuando esté de regreso.
- Espero tu llamada...

A penas volví a taparme y el cerró la puerta de la habitación recordé que él no tenía mi número de teléfono y yo el suyo. Sobre la mesa que daba a la gran mampara, había dejado una nota con un sobre, dentro del sobre había una carta y efectivo. Mi primera impresión fue la de "wow no sabía que dos noches conmigo valieran tanto". Mandé un mensaje de emergencia para saber si había uno de mis amigos cerca al kilometro 97.5 de la panamericana sur, felizmente Jerly estaba cerca, me hizo prometer que le pagaría el taxi, obviamente acepté, ya estaba pagado. Sabía muy bien que me quedaría con el dinero, tenía algunas cuentas que pagar, lo que no sabía muy bien era si Jack se había confundido conmigo o si yo me había confundido con él, en el sentido que creo que Guillermo si tenía razón, Jack es un chico con mucha suerte y creo que quería que yo también la tenga.

Para mi buena suerte, la camisa que me compraron días atrás estaba dañada y como la iba a usar para el cumpleaños de Jerly, esa misma tarde fui a cambiarla. En el trayecto, recibo una llamada, era Jack, me dijo que Evans había quedado encantado conmigo y que ambos regresaron al medio día a su país, estaba confundido, pensé que eran novios, sin embargo la respuesta que me dio fue que él tenía muchos. Me invitó para que ese mismo viernes por la noche saliéramos por unos tragos, iban a llegar amigos, chilenos, que habían invertido en Ica en viñedos, acepté. Me quedé por San Isidro hasta las siete de la noche, pero esta vez ya no estaba en el Westin, estaba en uno cerca al centro empresarial. La noche siguió su curso, me regalaron una muestra de los vinos que exportaban, eran exquisitos. Nos invitaron para pasar el resto del fin de semana en sus viñedos, no puedo negar que tener esa vida llena de lujos, comodidades y des-complicaciones, me tentó por uno momento, pero el vivir en un sueño, en un castillo de naipes sobre las nubes y en un día soleado maravilloso, no era para mi, yo ya me había chocado con el suelo hace mucho tiempo atrás, además soy de los que prefiere el drama, el dolor y las complicaciones, me da material sobre qué contar, no creo en la suerte, creo el valor que pongo en las cosas que hago. Así que no acepté la tentadora invitación, tomé el vino que le regalaría a Jerly por su cumpleaños y regresé a mi casa, pagando mi taxi con la ropa que yo mismo financié. Definitivamente no soy un niño o un adolescente para creer en castillos y días soleados, cogí mi aburrido y viejo trasero y lo coloqué en mi cama, de donde no se debió haberse movido estos dos días, dos días en que enamoré por un segundo y subí de nuevo por un ratito a las nubes. Algunos podrán llamarme tonto por no aprovechar esta "oportunidad", sin embargo, yo lo llamo madurar.



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