4.26.2015

132. Él tiene el corazón duro



Era sábado en la mañana, todos se sentaron en la mesa, en teoría iba a ser una sorpresa, la misma que ya había sido descubierta. Cerraron las cortinas, prefirieron las luces artificiales, cerraron los ojos, leyeron el enorme periódico y luego de conversar, regresaron a lo suyo. Sin embargo, a uno se le ocurrió lanzar un comentario sobre el más serio, el más complicado y más parco, alguno lo llamaban "orientado a resultados", otros lo llamaban "el sin amigos", mirada de tristeza o quizás una mirada analítica, pues la mayoría de serios del mundo prefieren no mostrar su sonrisa al menos que encuentren la llave ideal para abrirse, en mucho de los casos es la sonrisa del que tienen al frente suyo. Cuando todos callaron el comentario que como bala entró en el frágil cuerpo de los introvertidos, perpetuó el silencio e hizo sacar un poco al dragón que llevaba dentro, al fin y al cabo él vivía en un mundo donde las personas llevaban sus huesos por dentro, pero él los había expuesto dejando mostrar lo duro por fuera y guardándose para el mismo lo blando por dentro.

- Él tiene un corazón frió - condenó y sentenció como muchas veces lo había hecho.
- No creo ¿tu tienes un corazón frió? - preguntó su modelo a seguir y tantas veces amiga incondicional. Él no supo qué contestar. No supo porque sabía que en algo era cierto. No supo porque sabía que para el resto de la gente que vivía con él, su corazón, lo blando, tenía que estar expuesto siempre, jamás estar guardado entre flancos de hueso y fuertes resistencias. Era así como se debía de ser y era así como se tenía que ser, por mandato de no sé quién, por mandato de algo celestial quizás o por que al ser todos así, esa era la norma que se tenía que cumplir. Él no supo que contestar, ya lo sabemos ¿Qué contestar? si la gente primero juzga y luego analiza la situación, el contexto o los porqués, si es que realmente se toma el tiempo para hacerlo, sin importarle si lo que juzga es realmente cierto, no escucha, no amilana su criterio.
- No seas idiota  - respondió, era una respuesta sabia y que una vez más encubrió algo que era muy obvio. Él no sabía, no podía mostrarse, no podía dar a conocer todo lo que sentía tan abiertamente porque iba a ser una vez más, sin ninguna evaluación posterior, juzgado y criticado. No era miedo, era defensa.

La misma defensa que había decidido tener y que ya se le había hecho costumbre, pues no era fácil vivir entre tanto expuesto, no era fácil vivir así y sentirse solo, pero esa era la vida que le había tocado ¿Qué se va a hacer? muchos se preguntan, otros deciden escapar e irse. Él luchaba por tener la segunda, lamentablemente no todos tienen las mismas oportunidades o quizás algunos no son lo suficientemente fuertes para enfrentarlo. 

Cuando todos se levantaron de la mesa esa espina en el pecho que fue corriendo como un cometa sobre su garganta y explotó como una super nova, fue una vez más retenida, se convirtió en un hoyo negro, se convirtió en lo típico en su vida, una piedra de las muchas que se acumulan en su cabecita, entre tantas otras que había dejado pasar, simplemente no quería llorar, eso podía en tela de juicio una vez más lo que él mismo pensaba sobre si ¿Ellos tienen razón, realmente tengo un corazón tan frío como para no sentir el dolor, la alegría, la pena o la preocupación? Ya casi el resto le había hecho creer algo que no era, ese el problema de la gente que lanza juicios, a veces te los hace creer.

Se echó en su cama y se ponía a pensar en lo sucedido, no paraba de meditar y de especular de eventos pasados y es que la norma dice que no solo hay que ser, también hay que parecer, como si todo girara en mundo lleno de apariencias y de lo que los otros creen, pero era así, así era el mundo de donde él provenía, tan idiota como la que le preguntó si su corazón era realmente frío. Lamentablemente en su mundo si no te subes al tren, te quedas a esperar a que algún día uno te recoja, algunos simplemente lo pierden y este ya no vuelve jamás. "Era lo mejor" dicen, como si pudieran saber a ciencia cierta qué es lo que le esperaba al bajarse de ese tren, pues jamás, nunca lo sabrán porque nunca se subieron y prefirieron quedarse. Él siempre se sube a todos los trenes que se pasan a recogerlo, pero cada vez que lo hace se baja solo, sin embargo otros siempre logran hacerlo con alguien, los chicos como él prefieren decir "Al menos aprendí del viaje", como si eso tuviera algún sentido al momento con contrarrestarlo a los resultados que él predica.

En la tarde dejó de pensar al respecto, tomarse una copa de vino y usar lentes de sol en pleno cielo nublado, al lado de los fumadores, porque él se sentía uno sin serlo. Pidió al mesero que quitara los otros tres cubiertos de la mesa y al igual que el juez de los primeros párrafos leyó el periódico. La imagen era extraña él sentado en una mesa al lado izquierdo del restaurante en donde están los fumadores y el otro a su espalda sentado al lado izquierdo del restaurante en donde están los libros viejos y fumadores, ambos tomando vino, leyendo periódico y solos, ambos encerrados en si mismos, ambos usando lentes de sol, ambos esperando a alguien a quien amar. En ese momento él decide irse, pero su cilla golpeó al otro, el otro volteó, él se quitó los lentes mostrando su dulce, pero triste mirada, el otro lo miró y él lo había cautivado, él como siempre atinó a abrir su gran boca y a decir la primera peor cosa existente en esta tierra para espantarlo y ahuyentarlo de su vida, él quiere seguir aprendiendo para no bajarse acompañado 

- Te sentaste muy atrás, me golpeaste - dijo, cuando en realidad él lo había golpeado.
- Fue sin querer, disculpa - respondió amablemente y se quitó los lentes. Él vio sus ojos como se reflejaban en el del otro, lindo ojos verdes imborrables de cualquier memoria.
- No hay problema - se volvió a poner los lentes, así como cuando un soldado se pone su armadura, pero al voltear su enorme periódico golpeó la cabeza del otro. Definitivamente no era un buen día para el otro.
- Gracias por el golpe - el otro sonrió ¿esa era la señal? ¿esa era la llave que necesitaba él para abrir su coraza?  Pues él también sonrió 
- Que linda sonrisa, te ves mejor cuando sonríes.
- O sea que no me veo bien la mayor parte del tiempo - el otro rió a carcajadas, él lo siguió.

La conversación duró horas, las copas de vino se habían terminado y él en un abrir y cerrar de ojos ya se había enamorado muchísimas veces del chico de los ojos verdes, ambos sin lentes, ambos sin coraza, ambos subidos al tren. La historia termina cuando él le pregunta al otro sobre unos parches en su brazo derecho, pues era fácil la respuesta, el otro tenía una larga historia que contar, tan larga que volvieron a verse varios días seguidos en el mismo restaurante, todos los días a la hora de almuerzo, cuando el otro llegó al final, él sabía que también su historia con el otro, el final no era nada bonito, él pensaba que a pesar de lo trágico de su historia, pues no podía llorar, ni sentir ni un poco de pena, los minutos pasaban y él no sentía nada, se acercaba el final, faltaban pocas palabras y él no tenía pena, ni un solo sentimiento, pensó que los tendría, pero no. Cuando el otro terminó, él se despidió, el otro lo abrazó, sabía que no se volverían a ver, él no quiso despegarse, pasaron más minutos de los que normalmente uno toma para abrazar a otra persona, él no quería dejarlo ir.

- Déjame ir.
- No.
- Déjame ir
- No.
- Por que?
- No quiero, quiero volverte a ver de nuevo. No te vayas - los ojos de él se ponían borrosos, su pecho y garganta se encogían se ponían chiquititas, chiquititas y ya casi no podía ver, se había puesto borroso todo, entre transparente y borroso, pues él estaba llorando.
- No te pongas así, claro que nos vamos a volver a ver, solamente quiero ir a traer más dinero del cajero, mañana volvamos a almorzar juntos ¿te parece?

Él había malinterpretado las cosas, su falta de comunicación le había jugado una mala jugada. Al parecer él no tenía el corazón tan duro como parecía, solo necesitaba las llaves correctas para abrirlo, quizás un poco de vino, un periódico enorme, una sala para fumadores, mesas muy juntitas y unos lentes oscuros. Él esa noche, mientras miraba el techo tratando de buscas figuras, sonreía, no porque no tenga el corazón duro y haya encontrado a un chico con quien bajarse de un tren en particular, sino porque él siempre estuvo en lo correcto, siempre fue un chico especial, no era como el resto, así que todas las normas no se aplicaban en él, apreciaba su particularidad y esa era una de las sensaciones más placenteras en el mundo que él mismo había creado.





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